“Le dije a mi hija: ‘Puedes irte, yo sonreiré por ti’; y se fue”


Mama se va a la guerra.

Cristina era una chica normal. Trabajaba como dependienta en una tienda de ropa, estaba enamorada de su pareja, con quien vivía y con quien tuvo a una preciosa hija: Lucía, cuando tenía veintitrés años. Con veintiséis, tres años después, tuvo una segunda hija: Martina.

Cristina tenía una vida normal y se dedicaba en cuerpo y alma a su familia y todo parecía ir a la perfección, pero entonces, la vida le dio un duro golpe.

Una mañana, mientras cambiaba el pañal a su pequeña Martina, se dio cuenta de que la niña tenía un bultito en la barriga, así que la llevó al médico. Era viernes, y el médico, la tranquilizó y le dijo que volviera a llevar a la pequeña a la consulta el lunes para seguir viéndola.

El lunes, cuando llegó de nuevo a la consulta, vio que había 15 médicos esperándola y habían preparado todo pues sabían que, lo que Martina tenía era un tumor en el riñón y la pequeña tenía que pasar por el quirófano, sesiones de quimioterapia, etc.

Cristina dejó a su pequeña en manos de los cirujanos y esperó durante cinco largas horas en la sala de espera, con la esperanza de que los médicos le dijeran que todo había salido bien. Pocos días después, Cristina tenía a su Martina de nuevo en casa aunque, con una enorme costura en su pequeño vientre.

Lucía, la hermana mayor de Martina, ayudaba a su madre con las curas, los biberones y, cuando vio que su hermana llevaba un portacat en el pecho (válvula para facilitar la inyección de quimioterapia), se puso una chapa en el pecho pegada con una tirita.

Las cosas no terminaban ahí para Cristina y su familia pues, cuatro meses después, ella se notó un bulto en el pecho izquierdo. Tenía cáncer de mama en estadio 4 y con metástasis en ganglios y el cuello. El médico, le dio unos 17 meses de vida y le dijo muy duramente que de cada ocho pacientes en la misma situación que ella, siete habían muerto y no tenía noticia alguna de la octava.

Pero Cristina no se hundió en absoluto. Decidió luchar. Se convenció a sí misma de que no se iba a morir y estaba dispuesta a luchar no sólo por ella, sino por su pequeña Martina.
Se sometió a una mastectomía, pasó por quimioterapia y radioterapia, y decidió hacer mastectomía del otro pecho para evitar que el cáncer pudiera aparecer otra vez.

La situación no era nada fácil para ella, pues tuvo que pasar mucho tiempo en el hospital no sólo por sus sesiones de quimioterapia, sino también por las de su hija. A ambas, se les había caído el pelo, y Lucía, decidió raparse para estar igual que su madre y su hermana. Eran momentos difíciles, pero en ningún momento mostró debilidad, al contrario, animaba a su familia diciéndoles que pasarían el verano todos juntos en la playa.

Cristina en todo momento adoptó una actitud positiva pues confiaba con fe ciega en los médicos que la estaban tratando y en su fuerza interior y, cada día, con sus labios pintados de rojo, una sonrisa y una falda corta, paseaba por el hospital animando y maquillando a otras pacientes que se encontraban en su misma situación.

Pasado un año, se curó. Cristina no dudó en ir a visitar al primer médico que la vio y le dijo estas palabras: “Siete muertas, pero yo estoy viva, así que puede decírselo a la siguiente paciente.”

Pero su historia no tenía un final feliz del todo: la quimioterapia de Martina no estaba funcionando y, los médicos, le dijeron que se preparara para despedirse de la pequeña.
Cristina se llevó a Martina a casa aquel fin de semana, se hicieron fotos juntas, jugaron y disfrutaron de todo el tiempo compartido. El lunes, volvieron al hospital y Cristina, susurró estas palabras a su pequeña: “Mamá se queda. Tú puedes irte. Yo sonreiré por ti.” Y, mientras la tenía en sus brazos, Martina suspiró y se marchó.

Para contarlo a Lucía, le dijo que Martina era, a partir de ese día, una estrella. Ahora, cada cumpleaños de Martina, ambas salen al balcón con una tarta y dejan que la brisa sea la que apague las velas.

La muerte de Martina, enseñó a Cristina a no vivir a medias, a sentirse viva, a vivir cada momento como si fuera el último. Incluso ahora es copiloto de rallies y, en marzo, correrá en Cantabria el rally Ford Escort MK2, para la asociación A Fondo Contra el Cáncer.

La muerte de Martina, le enseñó que, mañana, ya es tarde, hay que vivir hoy, sin miedo a la muerte.

La vida está hecha para vivirla a tope, no para vivirla a medias y con miedo.

AQUÍ LA ENTREVISTA ORIGINAL EN LA CONTRA DE LA VANGUARDIA:

Era una chica normal…

Con una vida normal. Trabajaba como dependienta en una tienda de ropa, vivía en pareja, tuve a mi hija Lucía…

¿Qué edad tenía usted?

Veintitrés años. Tres años después tuve a mi segunda hija, Martina…

Y todo seguía normal.

Sí, viviendo a medias.

¿A medias?

Como la mayoría de personas. Hoy… vivo de verdad, ¡estoy muy viva, vivo a fondo!

¿En qué consiste eso?

Siento que todo es fascinante, ¡todo mola!: un soplo de aire, una gota de lluvia, cada bocado… Soy copiloto de rallies: ¡impensable antes de mi bofetón de realidad!

¿Qué bofetón?

Una mañana de viernes cambiaba el pañal a Martina, le noté un bulto en el vientre, la llevé al médico: “Id a casa, tráemela el lunes, y seguimos viendo”, me calmó.

Y el lunes…

Un equipo de quince médicos me esperaba: sabían que era un tumor. Lo prepararon todo. Me habían regalado ese fin de semana… Fueron humanos: se lo agradezco.

¿Era muy grave?

Un tumor en el riñón: quimioterapia, quirófano… Entregué a diez cirujanos de Vall d’Hebron lo más valioso, a mi niña…

¿Cómo fue?

Cinco horas de operación, ¡las más largas de mi vida! A los pocos días tenía en casa a Martina, con su costurón en el vientre.

¿Cómo lo vivía Lucía, su hermanita?

Compartíamos todo, curas, biberones, risas… Implantaron a Martina en el torso un portacat, una válvula que facilita inyectar las dosis de quimioterapia… ¡y Lucía se pegó una chapa de Coca-Cola con una tirita, ja, ja!

Ya no era todo tan normal…

Cuatro meses después, duchándome, me noté un bulto en el pecho izquierdo…

Ay…

Sí, tenía un cáncer de mama, y enorme: carcinoma ductal in situ estadio 4, con metástasis en ganglios y cuello, positivo en Her2.

Traducción.

Diecisiete meses de vida.

Buf.

Así me lo dijo el médico que me diagnosticó: “De ocho pacientes con lo mismo que usted, siete han muerto, y de la octava no sé nada”.

Qué bruto.

A otra esto le hubiese hundido… ¡pero no a mí! “Yo de ésta no me muero”, me convencí. ¡Iría a la guerra! Por Martina y por mí.

Se armó de valor.

Mastectomía radical izquierda, quimio y radioterapia… Y me hice vaciar el otro pecho.

¿Era imprescindible?

No, pero me negué a darle opción al cáncer. ¡La vida es mucho más que dos pezones!

¿Iba de su quimioterapia a la de su hija?

Sí, pasamos unas Navidades en el hospital, las dos calvas, y hasta Lucía se rapó…, pero estábamos juntos, y lo disfrutamos…

¿Y no pensaba: “Qué desgraciada soy”?

¿Y amargar a mi gente? ¡Nunca! Decía: “el próximo verano, ¡todos juntos en la playa”.

¿De dónde sacó tanta presencia de ­ánimo?

De mi fe en los equipos médicos y en mí misma. Paseaba por el hospital con los labios pintados de rojo, una sonrisa y falda corta. Más de una paciente se animaba al verme, y las iba a maquillar en su habitación.

¿No le criticaban?

No conozco la clave del éxito, pero la del fracaso sí: es intentar gustar a todos. Yo sólo busco mi propia aprobación.

¿Cómo evolucionaron los tratamientos oncológicos?

Me curé, al año. Fui a ver al primer médico, y le dije: “Siete muertas, pero yo estoy viva, así que puede decírselo a la siguiente paciente”.

¿Fueron en verano a la playa?

No. El cáncer se burló de la quimioterapia de Martina. Los médicos me anunciaron que preparase su final… Me la llevé un fin de semana a casa, nos pusimos los bikinis en la bañera, hicimos fotos, salimos a jugar, a mancharnos, a que nos mojase la lluvia, con su hermana, a reírnos… ¡Fue maravilloso!

Y luego…

Al hospital. Me costó…, pero aprendí a soltar. ”Mamá se queda…”, le susurré, “…tú puedes irte. ¡Yo sonreiré por ti!”. Martina suspiró tres veces y se fue. La tuve en mis brazos.

¿Cómo se lo contó a su hermanita?

Para Lucía, Martina es hoy una estrella. Salimos al balcón en su cumpleaños, y con la brisa ella apaga las velas del pastel… Y si un día llueve ¡salimos juntas a mojarnos! La muerte de Martina nos ha enseñado a vivir.

¿Qué les diría a familiares de niños con cáncer?

Ámale bien: pregúntale qué quiere hacer de su vida. No te apoderes de una vida que no te pertenece, la de tu hijo. Abrazaos, haced juntos un viaje…: ¡vivid! Y cuando ya no esté, tus lágrimas no te sabrán tan amargas.

¿Cómo se siente usted hoy?

¡Muy viva! Ya no vivo a medias. Mi hija se ha quedado en el camino… y yo lo sigo por las dos. ¡Se lo prometí! Y lo disfruto todo. Vivo por ella, como sé que ella hubiese vivido por mí. Por eso lo exprimo todo: ¡yo no pospongo vivir y ser feliz! Mañana es tarde para mí.

Fuente: La Vanguardia y Mama se va a la guerra